martes, 15 de abril de 2014

Crónica anticiclónica

   
Desde que decidí mudarme al ojo de un huracán disfruto de una calma envidiable. Aquí nunca llueve ni hace viento. Tampoco escucho tus reproches, ni mis gritos. En cuanto te acostumbras, el estruendo que produce al engullir urbanizaciones enteras se convierte en un pacífico arrullo que propicia dulces siestas sin sueños. Vivir aquí es sencillo: nunca tardan en aparecer restos de una barbacoa interrumpida, o un bocadillo que un escolar rezagado apenas tuvo tiempo de mordisquear. A menudo llegan a mis manos lecturas variadas y, los fines de semana, es fácil atrapar licores procedentes de algún botellón arrasado por mi hogar vertiginoso. Eso sí, has de tener la precaución de no agarrar nada que traiga consigo un inquilino indeseable, aferrado a su cubata, o a su teléfono móvil; en el centro de mi huracán sólo hay sitio para uno. Mi vida es ahora perfecta. Casi un nirvana. Aun así, de vez en cuando me sorprendo contemplando las paredes giratorias de mi palacio, alerta como un felino, por si en una de sus vueltas caprichosas apareces y me gritas. O me insultas. O me miras enfadada y, a lo mejor, me pides que vuelva contigo.




jueves, 13 de febrero de 2014

Reencarnación del sábado noche

  
 La fiesta era tan loca, el ponche suministrado tan sublime y efectivo, que llegada cierta hora, nadie logró recordar si era ángel o demonio.  No hubo forma de distinguir entre querubines ataviados con cuernos de plástico y rabos de fieltro, y súcubos envueltos en lino blanco con encantadoras alas de vulgar algodón. El caso es que, al ritmo de una desquiciante música ultramoderna, una legión de criaturas sobrenaturales  danzó poseída la última canción del baile de máscaras, celebrado en algún punto intermedio entre el cielo y el infierno. Después de la monumental  juerga, tras abundantes plegarias diabólicas y no pocas cópulas celestiales, todos partieron, ebrios e indecisos, sin tener muy claro a qué bando pertenecían ni hacia dónde dirigir sus pasos. No obstante, de una forma u otra casi todos  encontraron un cálido vientre materno donde alojarse y nacer al día siguiente, sin saber muy bien quiénes eran,  con una horrible resaca, pero con el propósito firme de empezar de cero.






jueves, 23 de enero de 2014

Con techo



Pero esta vez, ella lloró. Tras mil intentos de conmoverla, tras abandonar por ella familia y profesión, un día mis versos apasionados lograron perturbar su gesto inalterable. O eso me pareció al ver copiosas lágrimas rodar por su tez de porcelana mientras yo moría de felicidad (que no de hipotermia entre cartones) a sus pies, con una sonrisa congelada en la cara, sintiéndome el ser más dichoso del planeta. Porque mi amada de mármol lloraba por nuestro amor imposible, no como dicen esos malintencionados cuando afirman que sólo dejaba que la lluvia resbalara por su rostro, como llevaba haciendo durante siglos, desde su pedestal.

miércoles, 15 de enero de 2014

Glaciación o el valor de la familia

 


   Cierto es que tío Arturo no es la más afable de las personas: su trato áspero en los días buenos y abominable tras una noche de aguardiente es solo equiparable a su halitosis legendaria. Además, suele aderezar sus comentarios hirientes con exuberantes series de flatulencias y eructos que, ejecutados de forma simultánea, hacen de él un ser extraordinario, digno de estudio. También es verdad que esta ventisca cruel aumenta su violencia hora tras hora, y que hace días que no encontramos leones famélicos, cebras moribundas o despojos de ñus, ni siquiera un pobre masái medio congelado; que ya no se divisan árboles en esta llanura azul y que, de no ser por tío Arturo, no hubiéramos sobrevivido a la última semana glacial. Pero esta mañana no estaba, había huído antes del alba mortecina. Y ahora vagamos tras su rastro por la nieve, una inequívoca huella coja de bota izquierda y bastón. Echo de menos a tío Arturo y sé que no nos portamos bien con él pero, para ser justos, tampoco nadie imaginó que se helaría el Serengueti durante un apacible safari fotográfico. Ni que los parientes más rancios tendrían un muslo tan sabroso.



Este texto es mi propuesta para el mes de enero del certamen Esta Noche Te Cuento, con el tema: "Tras su rastro por la nieve". También podéis leerlo en ese maravilloso espacio haciendo clic aquí.
   




martes, 12 de noviembre de 2013

Error de cálculo

  Estimado profesor:
  Debo poner en su conocimiento los últimos acontecimientos, provocados por sendos errores de cálculo, suyos y míos. El primero (mío), fue pensar que usted me aprobaría a pesar de no aparecer por su clase, de asistencia obligatoria. El segundo, acudir a su acogedor despacho confiada en que, en su infinita bondad, reconsideraría mi suspenso. El tercero (suyo), apoyar distraídamente su mano sobre mi rodilla e iniciar un sutil recorrido muslo arriba que desencadenó el cuarto y definitivo error (de ambos), cuyo resultado es que me encuentro ya de dos faltas. Llegados a este punto, considero que sólo tiene dos opciones: enviar una sincera proposición de matrimonio, acompañada de un sobresaliente en Derecho Civil, al ilustrísimo magistrado Bouchard, decano de esta Facultad, jefe suyo, y padre amantísimo de servidora, o presentar su irrevocable renuncia. Sinceramente, espero que no cometa un quinto y fatal error.
Atentamente, su prometedora alumna,

Camille




Primer intento (fallido) en el concurso de microrrelatos sobre abogados. Mes de octubre, palabras obligadas: cálculo, falta, asistencia, renuncia, despacho. 

jueves, 31 de octubre de 2013

Enamorados


 Hacia el crepúsculo es fácil encontrarnos encendidos de deseo, rodando colina abajo en un amasijo de huesos pálidos. Ya a la sombra lunar de los cipreses, encajamos las caderas con estrépito y alborotamos, crujientes y sonrientes, a los ingrávidos murciélagos. Nuestras risas agitan el sueño de los vecinos, que se remueven indignados. Pero nada resulta tan placentero como cobijarnos tras el pedestal del ángel doliente, quien no puede evitar un leve temblor ¿puede sentir envidia el mármol?─ justo en el momento del clímax, y levantar una difusa aura de polvo de nieve. Ya satisfechos, nos complacemos en las grietas provocadas en los mausoleos y reímos imaginando el terror de los aldeanos, que cada noche sienten con pavor nuestro seísmo, sin sospechar de nuestra cita diaria de medianoche, sin recordar cuánto odiaban nuestro amor de hombres. Ignoran que, a pesar de ellos, surcamos esta noche eterna abrazados. Ahora, acurrucados el uno junto al otro, dormitaremos exhaustos mientras el aire gélido se cuela por nuestras cuencas vacías, serpentea entre nuestros dientes y sale por el orificio del calibre 38 que adorna nuestros parietales, produciendo un curioso silbido.


Este relato, tan apropiado para un día como hoy, es mi aportación al mes de octubre de Esta Noche Te Cuento, con el tema de "Cita con la muerte". También podéis leerlo en ese mágico rincón pinchando cuidadosamente aquí. 

lunes, 7 de octubre de 2013

Fábula de la ciudad infinita

   
   

 
"Ciudad hormiguero". Óleo. Belén Saiz Alonso.
  
Como cada amanecer, me dirijo en rigurosa fila india hacia el lugar donde trabajo, tomo el corredor que me conducirá a mi cubículo, colindante con el de otros cientos (tal vez miles) de individuos idénticos a mí, frenéticos y atareados, y acometo sin demora mi quehacer diario. No tardo en recibir varios mensajes urgentes de mi superior ─un sujeto arrogante como una abeja reina que mantiene un admirable equilibrio entre su vientre tembloroso y su fluctuante trasero mientras despliega con soltura la ineptitud de un zángano─. Por supuesto, atiendo con rapidez sus demandas al tiempo que alabo con entusiasmo su moderno peinado. Y en esta y otras cruciales tareas vuela la mañana y llega la pausa para comer, momento que aprovecho para pasar al lado de una compañera de atributos exuberantes y seductora fragancia con la que no me importaría intimar. Pero a pesar de que zumbo un buen rato a su alrededor ─incluso me atrevo con un par de arrojados pasos de tango─  no capto ninguna señal de predisposición al coito y vuelvo a mi cubículo cabizbajo, cuestionándome seriamente cancelar mi suscripción al curso de danza sensual por correo.
    A media tarde abandono mi puesto y me encamino hacia el enorme hormiguero en el que habito una celda minúscula ─aunque provista de baño y conexión inalámbrica, no quiero que penséis que soy un zarrapastroso─, pero un ancestral impulso de apareamiento me compele a restregar mis órganos sexuales contra los viandantes y decido ─para evitar males mayores─ desviarme hacia una zona poco transitada de la ciudad donde abundan los antros plagados de criaturas de la noche. Del interior de uno de ellos emana un enloquecedor perfume y, al fondo de esa inquietante caverna, conozco al que ha de ser el amor de mi vida: una gigantesca meretriz en estado de trance de la que me enamoro de inmediato. Su danza lánguida y cadenciosa, uniendo las manos como si rezara, y sus hipnóticos globos oculares, grandes como planetas, me atraen como un imán. Tan erótico me parece su balanceo, que en pocos segundos me encuentro entre sus brazos, dispuesto a entregar mi vida a cambio de una cópula vertiginosa. Y a punto estoy de darla, pues sólo una intuición fugaz del peligro y un ágil movimiento escurridizo evitan que mi devota enamorada me rebane el pescuezo, aunque, desafortunadamente, no que se apodere de mi cartera. A trompicones y algo desmadejado (no tengo tiempo de recontar mis extremidades), me las arreglo para salir del inmundo agujero, y no sin grandes penurias, logro llegar al compartimento al que llamo hogar, bastante orgulloso de mis reflejos, aunque lamentándome como un  bicho miserable. Lentamente me desprendo del exoesqueleto de marca  que cada día me enfundo para ir a trabajar  y, tan abatido estoy, que he de hacer un gran esfuerzo para no colgarme de la corbata a juego.
    Convertido en una larva moqueante, reprimo un sollozo y me ovillo junto al ventanuco, preguntándome qué habrá más allá de las ignotas fronteras de la urbe interminable. Algunos dicen que hay un mundo vasto y salvaje, repleto de criaturas asombrosas y ciudades inverosímiles, cuyos habitantes fornican todo el día y dedican la noche a amasar enormes y codiciadas bolas de excrementos. Otros en cambio, cuentan que más allá de la ciudad infinita sólo hay  una pared transparente y lisa. Y que la bóveda azul que nos envuelve (ahora de un negro impenetrable), no es sino el frío cristal  de un descomunal terrario, donde  las estrellas ─ esos impasibles cuerpos celestes que noche tras noche ignoran mis oraciones─ no son más que el brillo de cientos de ojos acechantes, curiosos, que nos observan desde el otro lado.