
La tarde en que el Paradise estrenó “Astrid, la
novicia traviesa”, la primera película porno en 4D, Basilio aguardaba
impaciente en su mugrienta butaca
habitual, tratando infructuosamente de encontrar su petaca mientras se ajustaba
esas extrañas gafas sobre sus anteojos de miope extremo. Comenzó la proyección
y dio un respingo. Los actores campaban a sus anchas fuera de la pantalla
haciéndole sentir un voyeur
agazapado. Asombroso. Tras un preámbulo de acrobacias sexuales variadas, Astrid
recolocó su tocado de novicia (única prenda que vestía) y se dirigió a Basilio
con provocadores mohínes gatunos. Se arrodilló frente a él y, con certeros
movimientos, liberó su incipiente erección y se empleó a fondo en darle placer
con sus voluptuosos labios, paradójicamente húmedos y calientes, pese a su condición
virtual. Naturalmente, Basilio no pudo evitar dejarse hacer mientras sujetaba
la petaca entre sus manos temblorosas. Y allí permaneció, pase tras pase, hasta
el final de la última sesión. Extasiado, incrédulo, convulso. Inerte. Cuando el
acomodador le zarandeó, ya de madrugada, su rostro era el de un ser enamorado.
Horas después, acomodador y forense
coincidieron en que había muerto de un estrepitoso y masivo fallo
cardíaco. De puro amor.
Este texto fue seleccionado en el IV Certamen de Microrrelatos de Cine ARVIKIS-DRAGONFLY 2013 y está publicado en un libro que recoge los ganadores, finalistas y 40 microrrelatos seleccionados. Encantada de ver a una criatura mía en papel.